Europa necesita su propio plan de paz mientras Putin presiona por una nueva Yalta

Jian Oren
Publicado 25 de octubre de 2026 · 5 visitas
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Europa necesita su propio plan de paz mientras Putin presiona por una nueva Yalta
Editorial Collage

Europa enfrenta el riesgo de quedar al margen mientras Trump, Putin y Xi consideran una nueva Yalta; Ucrania y los países del este de la OTAN temen decisiones tomadas por encima de sus cabezas.

La perspectiva de una reunión entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, y el presidente de China, Xi Jinping, ha suscitado preocupación por el papel de Europa en la configuración del futuro orden internacional. El formato propuesto ha sido comparado con la Conferencia de Yalta de febrero de 1945, cuando los líderes de Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido discutieron el acuerdo de posguerra y el futuro de Europa. Aunque las circunstancias son fundamentalmente diferentes, el paralelismo histórico tiene una importancia particular para los países de Europa Central y Oriental, cuyos futuros políticos se vieron profundamente afectados por las decisiones de las grandes potencias al final de la Segunda Guerra Mundial.

La preocupación en torno a una posible Yalta moderna no es simplemente que tres líderes poderosos puedan reunirse sin representantes europeos. Es que las negociaciones sobre Ucrania podrían convertirse en parte de un acuerdo más amplio en el que los intereses de las grandes potencias prevalezcan sobre la soberanía y la seguridad de los Estados más pequeños. Para los países que vivieron décadas de dominación soviética, la posibilidad de que se tomen decisiones por encima de sus cabezas evoca un patrón histórico en el que los cálculos estratégicos de potencias externas determinaron las opciones políticas disponibles para las naciones de todo el continente.

Una reunión entre Trump, Putin y Xi también respondería a propósitos que van más allá de la guerra en Ucrania. Washington busca un avance diplomático, Moscú quiere restaurar su posición internacional y remodelar la arquitectura de seguridad europea, mientras que Pekín tiene la oportunidad de demostrar su influencia sobre los asuntos globales. Incluso sin un acuerdo vinculante, una cumbre podría reforzar la percepción de que el sistema internacional se organiza cada vez más en torno a negociaciones entre grandes potencias, dejando a los países más pequeños gestionar las consecuencias.

Ucrania corre el riesgo de quedar excluida de las decisiones sobre su futuro

La preocupación central para Kyiv es que Ucrania pueda convertirse en objeto de negociaciones en lugar de participante activo en ellas. La guerra de Rusia ha puesto en cuestión no solo la integridad territorial de Ucrania, sino también su derecho a determinar su orientación política, sus acuerdos de defensa y sus asociaciones internacionales. Cualquier acuerdo que pretendiera resolver estas cuestiones sin la participación ucraniana correría el riesgo de socavar la legitimidad del acuerdo y crear las condiciones para una nueva confrontación.

Las consecuencias irían más allá de las cuestiones territoriales. Las negociaciones podrían abordar el tamaño y las capacidades de las fuerzas armadas de Ucrania, su futura relación con la OTAN, el despliegue de personal militar extranjero, las sanciones contra Rusia y la financiación de la reconstrucción. Estas decisiones determinarían si Ucrania podría mantener su independencia tras un alto el fuego o seguiría siendo vulnerable a una renovada presión militar. Un acuerdo alcanzado sin el consentimiento de Kyiv también podría crear un precedente peligroso al sugerir que la agresión militar permite a un Estado poderoso negociar sobre el futuro político de su vecino.

Para los gobiernos europeos, la participación de Ucrania es, por tanto, tanto una cuestión de principio como un requisito práctico para un acuerdo duradero. Un alto el fuego impuesto sin acuerdo sobre garantías de seguridad, mecanismos de vigilancia y las consecuencias de las violaciones podría congelar el conflicto sin resolver sus causas subyacentes. Rusia podría aprovechar la pausa resultante para reconstruir sus capacidades militares, mientras que Ucrania se enfrentaría a la perspectiva de otra confrontación en condiciones menos favorables. En consecuencia, el progreso diplomático tendría que medirse por la sostenibilidad del acuerdo, y no por la rapidez con que los líderes políticos anuncien un acuerdo.

Los objetivos de Rusia se extienden más allá de las fronteras de Ucrania

Para Putin, una cumbre de alto perfil con Trump y Xi le brindaría la oportunidad de presentar a Rusia como una potencia global indispensable e impulsar las exigencias de Moscú de cambios en los acuerdos de seguridad de Europa. El Kremlin ha cuestionado repetidamente el orden europeo posterior a la Guerra Fría, incluido el principio de que los Estados soberanos pueden determinar su propia política exterior y sus asociaciones de seguridad. Los objetivos de Rusia se extienden, por tanto, más allá de los territorios que ocupa en Ucrania y abarcan el entorno estratégico más amplio en el que los países europeos toman decisiones sobre su defensa.

Esto genera una preocupación particular para los países del flanco oriental de la OTAN, incluidos Polonia, Rumanía y los Estados bálticos. Su seguridad depende del principio de que las fronteras no pueden cambiarse legítimamente por la fuerza y de que Rusia no puede reclamar un derecho privilegiado a influir en las políticas de defensa de los Estados vecinos. Cualquier entendimiento político que pareciera reconocer esferas de influencia rusas podría debilitar la confianza en estos principios, incluso si no contuviera disposiciones explícitas sobre la adhesión a la OTAN o los despliegues militares.

Sin embargo, el reconocimiento diplomático no se traduciría automáticamente en una victoria estratégica duradera para Moscú. Rusia seguiría enfrentando los costos militares y económicos de la guerra, mientras que cualquier acuerdo que dejara a Ucrania capaz de resistir una futura agresión limitaría la capacidad del Kremlin para imponer sus objetivos. Para Europa, la cuestión decisiva es si las negociaciones reducirían la amenaza de una renovada agresión rusa o simplemente darían a Moscú tiempo para recuperarse y prepararse para otra confrontación.

El papel de China complica el panorama diplomático

La posible participación de China situaría la cumbre propuesta en un contexto geopolítico más amplio. Pekín mantiene relaciones estrechas con Moscú mientras continúa buscando vínculos económicos sustanciales con los países europeos y otras economías occidentales. La participación en una reunión de alto nivel permitiría al presidente chino, Xi Jinping, presentar a China como un actor diplomático central capaz de influir en el resultado de un conflicto que ha remodelado la seguridad europea.

Sin embargo, los intereses de China no se alinean necesariamente del todo con los objetivos de Rusia. Pekín se beneficia de su relación estratégica con Moscú, pero también debe considerar las consecuencias económicas de una inestabilidad prolongada, el riesgo de un mayor deterioro de las relaciones con los países occidentales y el impacto de las sanciones en el comercio internacional. Una iniciativa diplomática podría, por tanto, ofrecer a China la oportunidad de fortalecer su posición global sin comprometerse necesariamente con cada elemento del acuerdo preferido por el Kremlin.

Para Europa, el peligro radica en la posibilidad de que el futuro de Ucrania quede vinculado a negociaciones sobre relaciones más amplias entre Washington, Moscú y Pekín. El comercio, los suministros de energía, las sanciones y el equilibrio internacional de poder podrían influir en los cálculos de los tres líderes. Sin embargo, un marco diplomático más amplio no produciría automáticamente una paz más duradera. Sin la participación ucraniana y sin mecanismos creíbles para hacer cumplir un acuerdo, la implicación de potencias adicionales podría aumentar la importancia política de una cumbre sin resolver la crisis de seguridad subyacente.

La limitada influencia de Europa sobre el proceso de negociación

El formato propuesto pone de relieve una debilidad estratégica que los gobiernos europeos han tenido dificultades para abordar: su dependencia de Estados Unidos para gran parte del apoyo militar, la inteligencia y la influencia diplomática fundamentales para la defensa de Ucrania. Aunque los países europeos proporcionan una asistencia sustancial a Kyiv, su capacidad para influir en las negociaciones puede verse limitada si Washington y Moscú establecen los principales parámetros de un acuerdo antes de consultar a sus aliados europeos.

Esto no significaría automáticamente el fin de la asociación transatlántica, pero podría socavar la confianza en la coordinación que sustenta la disuasión de la OTAN. Los gobiernos europeos tendrían que considerar si sus intereses de seguridad estaban adecuadamente representados y si poseían las capacidades necesarias para responder si un futuro acuerdo debilitara la protección disponible para Ucrania o creara nuevos riesgos a lo largo del flanco oriental de la OTAN.

La Unión Europea ya cuenta con una posición política común que apoya la soberanía y la integridad territorial de Ucrania. El desafío consiste en traducir esa posición en una estrategia diplomática coherente respaldada por compromisos prácticos. Las diferencias entre los Estados miembros sobre la asistencia militar, las sanciones y los riesgos de confrontación con Rusia podrían dificultar la formulación de una respuesta unificada. Sin coordinación, los gobiernos individuales podrían tener dificultades para influir en las negociaciones llevadas a cabo por Estados más poderosos.

Un enfoque europeo más sólido requeriría un mandato de negociación acordado, una estrecha coordinación con Ucrania y el Reino Unido, y una comprensión clara de los compromisos de seguridad que Europa está dispuesta a proporcionar. También requeriría que los gobiernos identificaran qué elementos de un posible acuerdo serían inaceptables y qué consecuencias se derivarían si Rusia violara un acuerdo. Europa no puede garantizar que participará en todas las discusiones, pero una posición común creíble dificultaría que otras potencias ignoraran los intereses europeos.

Las garantías de seguridad deben estar respaldadas por capacidades

La durabilidad de cualquier acuerdo de paz dependería de los arreglos establecidos una vez que cesen los combates. Un alto el fuego podría reducir las bajas y la destrucción inmediatas, pero no eliminaría por sí solo la confrontación militar entre Rusia y Ucrania. Si Rusia conservara la capacidad de reconstruir sus fuerzas mientras Ucrania se enfrentara a restricciones en sus propias capacidades de defensa, un acuerdo podría convertirse en una pausa temporal en lugar de una paz duradera.

Por lo tanto, los gobiernos europeos tendrían que considerar los requisitos prácticos de garantías de seguridad creíbles. Estas podrían incluir suministros sostenidos de armas y municiones, sistemas de defensa aérea, cooperación en materia de inteligencia, entrenamiento militar y financiación a largo plazo para las fuerzas armadas de Ucrania. Dependiendo de los términos de un acuerdo, nuevas discusiones podrían abordar arreglos de vigilancia internacional o una contribución europea al mantenimiento de la seguridad tras un alto el fuego. Tales medidas requerirían acuerdo político, planificación operativa y claridad sobre cómo responderían los países participantes a una renovada agresión rusa.

La cuestión de la futura relación de Ucrania con la OTAN seguiría siendo central en estas discusiones. Cualquier arreglo tendría que garantizar que Ucrania conservara una capacidad creíble de defenderse, en lugar de dejar al país con menos opciones militares y ninguna protección alternativa fiable. Las garantías políticas por sí solas serían insuficientes si no estuvieran respaldadas por recursos, compromisos claros y un mecanismo para responder a las violaciones.

El gasto en defensa europeo y la capacidad industrial pasarían, en consecuencia, a formar parte de la ecuación diplomática. Los gobiernos tendrían que sostener la producción de municiones, reforzar la defensa aérea y antimisiles, mejorar la movilidad militar y garantizar que sus fuerzas armadas pudieran responder a las amenazas emergentes. Estas inversiones apoyarían la posición de Ucrania en las negociaciones y, al mismo tiempo, fortalecerían la capacidad de Europa para disuadir una mayor agresión contra su propio territorio.

El costo económico de una paz inestable

El resultado de las negociaciones también afectaría las perspectivas económicas de Europa. Un acuerdo duradero podría reducir la incertidumbre para las empresas, crear condiciones para la reconstrucción y mejorar las perspectivas de restablecer el comercio y la inversión en Ucrania. También podría reducir los riesgos que enfrentan el transporte marítimo en el Mar Negro, las exportaciones agrícolas y la infraestructura en toda la región. Sin embargo, un alto el fuego que no abordara las causas de la guerra podría dejar a las empresas reacias a invertir y a los gobiernos enfrentando años de gasto en defensa elevado.

Las sanciones serían otra cuestión importante. Rusia tendría interés en obtener un alivio de las restricciones que afectan su acceso a los mercados internacionales, las finanzas y la tecnología. Los gobiernos europeos tendrían que determinar si cualquier cambio en las sanciones debería depender de pasos verificables por parte de Moscú, cómo se evaluaría el cumplimiento y si las restricciones podrían restablecerse en caso de violación de un acuerdo. Un enfoque fragmentado debilitaría la capacidad de Europa de utilizar las sanciones como instrumento de presión y podría permitir a Rusia explotar las diferencias entre los gobiernos occidentales.

La reconstrucción de Ucrania requeriría una financiación internacional sustancial, inversión privada y la restauración de la infraestructura dañada por los ataques rusos. El entorno de seguridad establecido por un acuerdo afectaría directamente la disposición de los inversores a comprometer recursos y la capacidad de los gobiernos europeos de planificar un apoyo a largo plazo. Si el riesgo de una nueva guerra siguiera siendo alto, los costos de reconstrucción podrían aumentar mientras la recuperación económica seguiría siendo incierta.

Estas consideraciones demuestran por qué un acuerdo rápido no sería necesariamente el resultado menos costoso para Europa. Un acuerdo que redujera la presión política inmediata pero dejara a Ucrania expuesta a una renovada agresión podría generar costos de seguridad y económicos significativamente mayores en el futuro. El objetivo debe ser, por tanto, una paz que pueda sostenerse, y no un acuerdo cuyas debilidades se manifiesten solo después de que se reanuden los combates.

Europa Central y Oriental enfrentan las consecuencias primero

Los países más cercanos a Rusia y Ucrania estarían particularmente expuestos a las consecuencias de cualquier acuerdo que debilitara la disuasión. Polonia y los Estados bálticos han invertido mucho en reforzar sus defensas, mientras que Rumanía tiene un interés directo en la seguridad del Mar Negro y la protección de la infraestructura regional. Para estos gobiernos, las negociaciones sobre Ucrania podrían influir en la planificación militar, el gasto en defensa y las evaluaciones de los riesgos que enfrenta el flanco oriental de la OTAN.

La dimensión del Mar Negro es especialmente importante. Los ataques rusos contra puertos e infraestructura ucranianos han afectado el transporte marítimo y han suscitado preocupación por la seguridad de las rutas comerciales y las exportaciones agrícolas. Un acuerdo que no abordara la seguridad marítima podría dejar riesgos persistentes para el comercio y el transporte regionales. Rumanía y otros Estados vecinos tendrían, por tanto, un interés directo en garantizar que cualquier acuerdo incluyera arreglos creíbles para prevenir una mayor escalada y proteger la infraestructura civil.

Los Estados bálticos también examinarían con atención cualquier propuesta que pareciera limitar la capacidad de la OTAN de reforzar a sus miembros orientales o apoyar a países que enfrentan presión rusa. Incluso sin restricciones explícitas a la alianza, un entendimiento político más amplio entre las grandes potencias podría afectar las percepciones sobre hasta dónde estaban dispuestos a llegar los gobiernos occidentales para defender sus compromisos.

Es probable que estas preocupaciones refuercen los llamados a una mayor preparación defensiva europea y una cooperación regional más estrecha. Sin embargo, los países individuales no pueden abordar por sí solos las implicaciones estratégicas de un nuevo arreglo de seguridad europeo. Sus intereses tendrían que incorporarse a un marco común que conecte la preparación militar, la diplomacia y la resiliencia económica.

Los límites de la analogía de Yalta

La comparación con Yalta es políticamente poderosa, pero el entorno internacional actual difiere significativamente del de 1945. Las instituciones europeas, la OTAN y el marco moderno del derecho internacional proporcionan limitaciones políticas y jurídicas que no existían de la misma forma al final de la Segunda Guerra Mundial. Una reunión entre Trump, Putin y Xi no produciría automáticamente un acuerdo vinculante ni determinaría el futuro de Ucrania y Europa.

Sin embargo, la analogía histórica pone de relieve los peligros de permitir que el poder militar y económico se convierta en la base principal para determinar el futuro político de los Estados más pequeños. Cuando los gobiernos negocian sobre países que están ausentes de la discusión, el proceso corre el riesgo de socavar el principio de igualdad soberana, independientemente de si los participantes tienen la intención de reproducir arreglos históricos.

Para Europa, la respuesta adecuada no es suponer que la historia se repetirá, sino reconocer las condiciones que podrían hacer relevante la comparación. Una posición europea dividida, una dependencia excesiva del liderazgo estadounidense y un apoyo insuficiente a Ucrania dejarían al continente menos capaz de influir en las decisiones que afectan su seguridad. Por el contrario, una diplomacia coordinada, una asistencia militar sostenida y compromisos creíbles a largo plazo fortalecerían la posición de Ucrania y darían a los gobiernos europeos una mayor influencia.

Europa debe moldear el acuerdo, no simplemente reaccionar ante él

La cumbre propuesta plantea a los gobiernos europeos una elección estratégica más amplia. Pueden seguir dependiendo principalmente de los esfuerzos diplomáticos para influir en las decisiones de Washington, o pueden desarrollar una posición común respaldada por las capacidades militares y económicas necesarias para defender sus intereses. El segundo enfoque requeriría decisiones políticas difíciles, inversión sostenida y acuerdo sobre los riesgos que Europa está dispuesta a asumir.

Las prioridades inmediatas son mantener la capacidad de Ucrania de defenderse, preservar la coordinación con Estados Unidos, evitar que las negociaciones se lleven a cabo a expensas de Kyiv y desarrollar un marco creíble para la seguridad de posguerra. Europa también tendría que garantizar que cualquier discusión sobre el alivio de las sanciones, los arreglos territoriales o las restricciones a las capacidades militares siguiera vinculada a la participación de Ucrania y a la implementación de compromisos exigibles.

Un acuerdo duradero no puede medirse únicamente por si las grandes potencias llegan a un acuerdo. Su éxito dependería de si Ucrania conserva su soberanía, de si Rusia se ve disuadida de una nueva agresión y de si los países europeos pueden confiar en un marco de seguridad que proteja sus intereses. Sin esas condiciones, una cumbre de alto perfil podría crear la apariencia de progreso diplomático mientras deja los fundamentos de la seguridad europea cada vez más inciertos.

Europa no puede controlar todas las decisiones que se tomen en Washington, Moscú o Pekín. Sin embargo, puede determinar si entra en la siguiente fase de la diplomacia con una estrategia coherente, las capacidades para respaldarla y la determinación política para defender sus intereses. La cuestión central que plantea la perspectiva de una nueva Yalta no es, por tanto, simplemente quién se sentará a la mesa de negociaciones, sino si Europa está preparada para moldear el orden que surja de ella.

Fuentes: Euronews, The Standard

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