Europa planea garantías de seguridad para Ucrania sin tropas estadounidenses

Los gobiernos europeos pasan de debatir un acuerdo de seguridad de posguerra para Ucrania a probar si pueden materializarlo, sin tropas estadounidenses sobre el terreno.
El momento es significativo. No se ha logrado un acuerdo de alto el fuego; los términos de cualquier arreglo futuro siguen siendo inciertos, y Moscú ha rechazado la posibilidad de fuerzas extranjeras en suelo ucraniano. Sin embargo, los gobiernos europeos están pasando de las conversaciones sobre cómo podría ser un acuerdo de seguridad de posguerra a comprobar si realmente podrían materializarlo.
Ese cambio refleja un cálculo distinto en las capitales europeas. Una garantía de seguridad no puede basarse únicamente en declaraciones diplomáticas. Si pretende disuadir otro ataque ruso, debe estar respaldada por fuerzas capaces de desplegarse, operar y sostenerse en condiciones difíciles. Los ejercicios de noviembre en Polonia pondrán a prueba parte de esa capacidad.
Por sí solos, no establecerán el marco político o militar para un despliegue. Pero ayudarán a revelar la distancia entre prometer defender una paz futura y poseer los medios para hacerlo.
El difícil negocio de hacer creíble una garantía
Según The Times, los ejercicios se centrarán en las exigencias prácticas de mover fuerzas multinacionales a través de las fronteras, transportar suministros esenciales, incluidos combustible y alimentos, y coordinar unidades de distintos países que operan en el mismo territorio.
Estas tareas pueden parecer mundanas frente a las negociaciones diplomáticas en torno a Ucrania. Sin embargo, son centrales para la credibilidad de cualquier compromiso militar.
Una fuerza que no puede llegar a tiempo, mantener sus suministros o coordinar sus contingentes nacionales difícilmente podrá disuadir a un adversario, independientemente de la solidez de la declaración política que la respalde. Cuantos más países participen, más complicada se vuelve la tarea. Distintas unidades nacionales deben operar dentro de un plan común, dependiendo de rutas de transporte y acuerdos de suministro que cruzan fronteras nacionales.
Polonia ocupa una posición particularmente importante en este cálculo. Como sede de los ejercicios de noviembre, ofrece el escenario en el que los gobiernos participantes pueden probar el movimiento de fuerzas hacia Ucrania sin esperar a que un acuerdo defina su misión eventual. Su papel como centro logístico también refuerza su importancia para cualquier acuerdo de seguridad europeo centrado en la región.
El ejercicio se entiende mejor, por tanto, como una prueba de preparación y no como evidencia de que se haya acordado plenamente un despliegue. Los gobiernos participantes ensayan elementos de una posible operación mientras las condiciones políticas para esa operación siguen sin resolverse.
Esa distinción importa. La capacidad de mover tropas no equivale a un acuerdo sobre cuándo deberían enviarse, qué estarían autorizadas a hacer o cómo responderían si el alto el fuego que debían proteger se viera sometido a presión.
Esas preguntas determinarán si los preparativos militares se traducen en una garantía creíble.
Europa planifica pensando en un Washington incierto
Los ejercicios de noviembre también se producen en medio de una divergencia creciente entre los enfoques europeo y estadounidense para poner fin a la guerra.
Durante su primer viaje a Washington, el secretario de Defensa británico, Wes Streeting, presentó los ejercicios como parte de preparativos más amplios para apoyar la formación militar, la reconstrucción de posguerra y posibles garantías de seguridad para Kyiv. El énfasis estaba en desarrollar la capacidad práctica para apoyar un arreglo futuro.
Donald Trump ha articulado una prioridad inmediata diferente. Antes de un mitin de campaña en Georgia, el presidente estadounidense dijo que su principal preocupación era terminar la guerra y describió al presidente ucraniano, Volodymyr Zelenskyy, como más difícil de tratar que Vladimir Putin. También se negó a atribuir a Putin la responsabilidad de lanzar la invasión de 2022 y sostuvo que no se desplegarían tropas estadounidenses en suelo ucraniano.
El contraste no es simplemente retórico. Se refiere a la distribución del riesgo en cualquier arreglo futuro.
La posición de Washington deja a los gobiernos europeos preparándose para un papel de seguridad sin un compromiso de participación estadounidense directa sobre el terreno. Las fuerzas europeas podrían potencialmente proporcionar una presencia destinada a disuadir una nueva agresión rusa, pero el peso político y militar detrás de esa presencia dependería de los compromisos que sus gobiernos estuvieran dispuestos a asumir.
Para Reino Unido y Francia, la iniciativa ofrece una oportunidad de moldear la política de seguridad europea en lugar de dejar el arreglo futuro dependiente de decisiones tomadas en Washington. La participación de Alemania y Polonia aporta capacidad militar y logística adicional al esfuerzo de planificación.
Sin embargo, la ausencia de un compromiso estadounidense sobre el terreno plantea una pregunta difícil para la coalición: ¿cuánta disuasión pueden generar los países europeos de forma independiente, y qué ocurriría si una crisis futura exigiera capacidades o apoyo político más allá de los que habían acordado proporcionar?
Los ejercicios no pueden responder a esa pregunta. Sí pueden, no obstante, establecer si los países participantes pueden realizar algunas de las tareas básicas que requeriría cualquier despliegue creíble.
La Coalición de los Dispuestos afronta su prueba decisiva
La Coalición de los Dispuestos se formó para coordinar el apoyo a Ucrania y desarrollar un marco para garantías de seguridad de posguerra. Sus 35 miembros se extienden más allá de Europa e incluyen países como Australia, Japón y Nueva Zelanda. El acuerdo de julio sobre los ejercicios en Polonia ha dado a esa iniciativa política más amplia una tarea militar concreta.
Su desafío es convertir a un grupo diverso de gobiernos en un acuerdo de seguridad funcional.
Las coaliciones pueden coincidir en la necesidad de evitar otra guerra y discrepar sobre los riesgos que implica evitarla. Un compromiso de formar fuerzas ucranianas o apoyar la reconstrucción no equivale a un compromiso de desplegar tropas. Tampoco el acuerdo de participar en preparativos logísticos establece necesariamente un acuerdo sobre las reglas que regirían una misión futura.
La coalición debe afrontar eventualmente el alcance de su presencia prevista, las condiciones en las que se desplegarían las fuerzas y las responsabilidades que asumirían los Estados participantes. También debe establecer cómo operaría una fuerza multinacional si la situación de seguridad se deteriorara.
La distinción entre preparación y compromiso es especialmente importante porque el propósito político de un despliegue iría más allá de su presencia física. Una fuerza destinada a apoyar un alto el fuego tendría que convencer a Moscú de que una nueva agresión conllevaba riesgos, al tiempo que tranquilizara a Kyiv de que el arreglo no la dejaba expuesta una vez que cesaran los combates.
Si los países implicados no pueden ponerse de acuerdo sobre las consecuencias de una violación, incluso una fuerza bien equipada podría tener dificultades para proporcionar la disuasión que busca Ucrania.
Reino Unido y Francia están emergiendo como arquitectos centrales de este esfuerzo. Su liderazgo da dirección a la iniciativa, pero también les impone la responsabilidad de conciliar las ambiciones de la coalición con la disposición de cada gobierno a aceptar riesgos operativos.
Los ejercicios de noviembre pondrán a prueba la interoperabilidad. La prueba más difícil será política: si la coalición puede convertir un objetivo compartido en compromisos suficientemente precisos para sobrevivir a una crisis.
La objeción de Moscú forma parte del cálculo estratégico
Rusia ya ha rechazado la posibilidad de fuerzas militares extranjeras en Ucrania. Su Ministerio de Asuntos Exteriores ha descrito tal presencia como totalmente inaceptable, mientras que los medios estatales rusos han presentado los ejercicios previstos en Polonia como preparativos provocadores de la OTAN.
Esa respuesta apunta a una tensión fundamental en la arquitectura de seguridad propuesta. Los gobiernos europeos ven los preparativos militares como una forma de hacer más duradero un arreglo futuro. Moscú trata la posibilidad de tropas extranjeras como un desafío a su posición y una posible extensión de la implicación militar occidental.
Ambas partes abordan, por tanto, la misma cuestión desde supuestos opuestos. Para las capitales europeas, una presencia de posguerra podría ayudar a prevenir nuevos combates. Para el Kremlin, esa presencia es en sí misma un resultado objetable.
Los ejercicios en Polonia no resuelven este conflicto. Son preparativos para un posible arreglo futuro, no evidencia de que Rusia haya aceptado sus términos ni de que la coalición haya decidido cómo superar la oposición de Moscú.
De hecho, la ausencia de un mandato definido hace especialmente marcada la distinción entre preparación militar y viabilidad política. Los gobiernos europeos pueden practicar el movimiento de fuerzas y su suministro, pero no pueden utilizar esos ejercicios por sí solos para establecer las condiciones en las que tales fuerzas entrarían en Ucrania o la respuesta que darían a la resistencia rusa.
La perspectiva de un despliegue europeo es, por tanto, tanto una iniciativa de disuasión como un posible punto de confrontación. Su eficacia dependerá no solo de las capacidades reunidas por los países participantes, sino también de la credibilidad de los compromisos vinculados a ellas.
Kyiv necesita más que una presencia militar
Para Ucrania, la cuestión central es si un arreglo de posguerra proporcionaría protección duradera en lugar de una pausa temporal en las hostilidades.
Kyiv ha insistido en que las garantías de seguridad deberían ser jurídicamente vinculantes, ratificadas por los parlamentos asociados y el Congreso de Estados Unidos, e incluir componentes de defensa terrestre, marítima y aérea. Esa posición refleja la diferencia entre una garantía política y un compromiso diseñado para resistir un desafío futuro.
Una fuerza multinacional podría formar parte de tal arreglo, pero su presencia no satisfaría automáticamente las exigencias de Ucrania. Su mandato, las obligaciones de los gobiernos participantes y la relación entre un despliegue internacional y la propia defensa de Ucrania determinarían el nivel de protección que ofrecería.
La posición estadounidense agrava este problema. Sin tropas estadounidenses sobre el terreno, los gobiernos europeos tendrían que establecer qué podrían ofrecer de forma creíble sus propias fuerzas y qué compromisos adicionales, si los hubiera, las respaldarían. La negativa de Washington a desplegar tropas no descarta por sí misma otras formas de apoyo estadounidense, pero deja una brecha clara entre los preparativos europeos y el enfoque declarado del presidente estadounidense para terminar la guerra.
También hay una cuestión de calendario. Los gobiernos europeos están empezando a probar la logística de despliegue antes de que se hayan resuelto los términos de un alto el fuego, las condiciones políticas para una presencia extranjera y el mandato de seguridad final. Es una respuesta racional al tiempo necesario para preparar fuerzas multinacionales. También significa que la planificación operativa avanza por delante del acuerdo político necesario para darle propósito.
Los ejercicios de noviembre en Polonia ofrecerán una indicación temprana de si Reino Unido, Francia, Alemania y Polonia pueden coordinar el movimiento y el sostenimiento de una fuerza multinacional. No establecerán si la coalición está dispuesta a utilizar esa fuerza, ni en qué circunstancias.
Para Kyiv, esa brecha sigue siendo decisiva. Una garantía de seguridad es tan sólida como los compromisos que la respaldan, y Europa está empezando a probar su capacidad militar antes de saber con precisión qué exigirán esos compromisos.
Fuentes: The Times, CBN, NewsShopper, RBC, Tass
