Europa se rearma para una 'guerra en la sombra': cómo el sabotaje ruso impulsa un gasto en defensa récord

Polonia destinará el 4,8% de su PIB a defensa y Alemania alcanza 117.200 millones de euros, mientras el sabotaje ruso y la guerra híbrida transforman el gasto europeo.
Este cambio ya es visible en las cuentas nacionales. Polonia planea destinar el 4,8% de su PIB a defensa en 2026, mientras que el presupuesto de defensa de Alemania ha alcanzado los 117.200 millones de euros. La magnitud de este gasto apunta a un cambio fundamental en el pensamiento europeo: la amenaza ya no se mide únicamente por el número de tropas que Rusia podría enviar a través de una frontera, sino por la vulnerabilidad de los sistemas cotidianos de los que depende el continente.
No hace falta predecir un ataque ruso inminente contra territorio de la OTAN para entender por qué esto importa. El problema más difícil es una confrontación prolongada en la que los incidentes individuales siguen siendo limitados, pero el esfuerzo necesario para prevenir el siguiente no deja de crecer.
La dificultad de probar un ataque
Europa ya ha visto lo expuesta que puede estar su infraestructura. Las redes ferroviarias de los Países Bajos y Polonia, instalaciones energéticas cerca de Ámsterdam, un centro comercial en Vilna y el aeropuerto de Leipzig/Halle en Alemania han aparecido en informes sobre incidentes vinculados a la amenaza más amplia del sabotaje ruso. Los daños a cables y gasoductos submarinos del Báltico han suscitado aún más preocupación.
Sin embargo, la atribución rara vez es sencilla. Las investigaciones sobre los daños a cables en los que estuvieron implicados el Yi Peng 3 y el Eagle S, por ejemplo, han considerado la posibilidad de un arrastre accidental de anclas. Un cable roto es evidencia de un problema, no necesariamente prueba de una operación deliberada.
Para los gobiernos, esa distinción tiene consecuencias prácticas. Un ataque intencionado puede exigir cooperación de inteligencia, investigación penal y una respuesta política coordinada. Un accidente requiere reparaciones y, potencialmente, cambios en la seguridad marítima. Confundir ambos casos podría desperdiciar recursos o crear una crisis diplomática. No reconocer una interferencia deliberada conlleva sus propios riesgos.
Aquí es donde la guerra híbrida se vuelve particularmente difícil de contrarrestar. Las autoridades pueden sospechar una conexión entre incidentes separados sin tener pruebas suficientes para establecerla públicamente. Mientras tanto, los operadores de infraestructura siguen teniendo que mantener los servicios en funcionamiento, reparar los daños y pagar seguridad adicional.
La carga se acumula. Una empresa ferroviaria no puede esperar a que termine una investigación geopolítica antes de abordar una vulnerabilidad. Los proveedores de energía y los operadores de telecomunicaciones se enfrentan a decisiones similares. Cada incidente puede generar nuevos costos incluso cuando la identidad y las intenciones de los responsables siguen siendo inciertas.
Los 152 casos identificados por el Parlamento Europeo ofrecen una medida del problema, aunque la cifra no significa que toda interrupción inexplicable en Europa haya sido dirigida por Rusia. Lo importante es la presión sostenida sobre sistemas que no fueron diseñados para operar bajo un riesgo permanente de interferencia hostil.
El rearme se está convirtiendo en parte del gasto público ordinario
La asignación prevista por Polonia del 4,8% del PIB a defensa refleja las preocupaciones de seguridad de un país cercano a Rusia y central en el flanco oriental de la OTAN. El presupuesto de defensa alemán de 117.200 millones de euros muestra hasta qué punto el cambio se extiende más allá de los Estados más directamente expuestos a la actividad militar rusa.
El dinero es necesario para la disuasión convencional, pero los requisitos han cambiado. Los ejércitos europeos también deben mejorar su capacidad para detectar e interceptar drones, defender el espacio aéreo y proteger instalaciones cuya interrupción podría tener consecuencias mucho más allá de un único lugar.
Para Polonia y los Estados bálticos, no se trata de tareas separadas. La infraestructura militar, las rutas de transporte y las redes energéticas forman parte del mismo entorno estratégico. Una debilidad en un área puede complicar la defensa de otra. Finlandia también tiene un interés directo en la seguridad de los accesos septentrionales de Europa.
El creciente énfasis en la defensa aérea por capas y los sistemas antidrón es una respuesta. Otra es una cooperación más estrecha entre los servicios de inteligencia, las fuerzas armadas y las autoridades civiles. El marco Block, Blunt, Break de la OTAN aborda la disuasión de la agresión convencional, mientras que la creciente gama de amenazas híbridas exige vigilancia y coordinación continuas.
Este es un modelo de defensa más exigente que simplemente comprar armas adicionales. Los gobiernos deben proteger instalaciones fijas, prepararse para interrupciones y asegurarse de que los diferentes sistemas nacionales puedan funcionar juntos. Los operadores civiles necesitan saber qué hacer cuando ocurre un incidente, y los planificadores militares deben tener en cuenta vulnerabilidades que pueden quedar fuera de su control directo.
También existe una contrapartida financiera. Los contratos de defensa pueden durar años, mientras que los beneficios de una mejor protección a menudo son difíciles de medir. Un sistema que previene un ataque deja pocas pruebas visibles de lo que logró el dinero. Sin embargo, esperar hasta que se produzcan daños puede resultar más costoso.
Para los gobiernos europeos, la cuestión es cómo mantener estas inversiones sin tratar cada nuevo incidente como motivo de un aumento de gasto no planificado.
Putin no puede dar por sentado que los rusos están al margen de la guerra
El Kremlin también enfrenta presión en el frente interno. La ex periodista rusa Alexandra Prokopenko, que huyó a Alemania en 2022, ha descrito una creciente desilusión entre los rusos, mientras que los relatos desde el interior del país apuntan a una tensión económica creciente.
Los costos de la guerra no se limitan a las cuentas públicas. La movilización militar amenaza con trastornar vidas individuales, y los temores de una escalada nuclear se suman a la sensación de que el conflicto podría empeorar mucho más. Algunos rusos intentan evitar el reclutamiento o expresar su oposición discretamente en lugar de desafiar abiertamente a las autoridades.
Esa distinción importa en un país donde la disidencia puede conllevar severas penas de prisión y la propaganda estatal moldea el entorno informativo público. La ausencia de manifestaciones masivas no puede tomarse como evidencia de un entusiasmo generalizado por la guerra. Pero tampoco el descontento privado se traduce necesariamente en una oposición organizada capaz de amenazar el gobierno de Putin.
La presión económica también es desigual. Algunos miembros de la élite siguen beneficiándose del conflicto y tienen pocos incentivos para apoyar un cambio de rumbo. Otros deben lidiar con los efectos de una guerra que consume recursos y expone la economía a una tensión creciente.
Los daños causados por los contraataques ucranianos añaden una dimensión más tangible. Se han atacado refinerías de petróleo, mientras que algunos almacenes han sido incendiados. Tales ataques no demuestran que el Estado ruso esté al borde del colapso, pero dificultan presentar la guerra como algo que ocurre enteramente más allá de las fronteras del país.
El descontento interno y la presión militar pueden restringir el margen de maniobra del Kremlin. No necesariamente hacen que su comportamiento sea más fácil de predecir. Un gobierno bajo presión podría buscar reducir sus compromisos; también podría endurecer los controles políticos y continuar su confrontación con Occidente.
Los responsables políticos europeos no pueden basar sus planes de forma segura en la suposición de que las dificultades económicas obligarán a Moscú a retroceder.
El peligro radica en un error de cálculo
El deterioro del control de armamentos crea otra fuente de incertidumbre. El Nuevo START expiró en 2026, eliminando una parte importante del marco que regía las fuerzas nucleares estratégicas entre Rusia y Estados Unidos. Su expiración no hace inevitable una guerra nuclear, pero debilita los arreglos que antes ayudaban a poner límites a la competencia estratégica.
Eso importa cuando la actividad militar y los incidentes de infraestructura ocurren en una atmósfera de profunda desconfianza. En el mar Báltico, donde las redes submarinas coexisten con rutas marítimas sensibles e intereses militares, las consecuencias de un juicio erróneo podrían extenderse más allá del incidente original. Kaliningrado añade más sensibilidad a la región.
Una interrupción inexplicable puede parecer inicialmente menor. La dificultad comienza cuando los funcionarios deben decidir si fue accidental, criminal o parte de una campaña coordinada. Una respuesta que parece proporcionada para un gobierno puede parecer una escalada para otro. A la inversa, la ausencia de consecuencias puede alentar nuevos intentos de poner a prueba los límites de la respuesta europea.
El desafío para la OTAN es dejar claros los costos de los ataques deliberados sin tratar cada evento ambiguo como un acto de guerra. Un mejor intercambio de inteligencia y una infraestructura más resiliente pueden reducir el margen de incertidumbre, aunque ninguno de los dos puede eliminarlo.
La pérdida de los mecanismos de control de armamentos hace que esa disciplina sea más importante. Cuando los gobiernos tienen menos arreglos fiables para gestionar la competencia estratégica, deben ser especialmente cuidadosos de no confundir una confrontación local con la evidencia de un movimiento militar más amplio.
Una guerra de desgaste más allá de Ucrania
La campaña de Rusia contra Ucrania sigue siendo el conflicto militar central, pero sus consecuencias moldean cada vez más las decisiones de seguridad en toda Europa. Los efectos son visibles en los planes de adquisiciones, la protección de infraestructura y los presupuestos que los gobiernos están dispuestos a comprometer durante varios años.
El Kremlin puede esperar que las interrupciones repetidas obliguen a los países europeos a desviar recursos, agoten la paciencia pública y discutan sobre la respuesta adecuada. Sin embargo, esa misma presión está animando a los miembros de la OTAN a reforzar sus defensas y tomar más en serio las vulnerabilidades.
Para las empresas europeas, el ajuste significa mayores costos de seguridad y planificación de contingencia. Para los gobiernos, significa aceptar que la defensa ya no puede limitarse a las fuerzas armadas. Las redes de transporte, energía y comunicaciones se han convertido en parte de un cálculo de seguridad más amplio.
El desafío político es menos sencillo. Los votantes pueden ver el costo del rearme en los presupuestos públicos, pero el peligro que se pretende prevenir puede permanecer invisible. Un incidente aislado puede no justificar una respuesta drástica; decenas de incidentes a lo largo de varios años aún pueden cambiar la forma en que opera un país.
Las dificultades económicas de Rusia no ofrecen un calendario fiable para el fin de esta confrontación. Tampoco hay un punto claro en el que los gobiernos europeos puedan declarar que su infraestructura está suficientemente protegida. Es probable que la carga de seguridad se mantenga incluso si la intensidad de los incidentes individuales fluctúa.
Eso deja a Europa ante una elección incómoda: pagar por la resiliencia antes de la próxima interrupción, o aceptar que cada fallo puede llegar con su propia factura de reparación, investigación y discusión sobre si la respuesta fue demasiado lejos.
Fuentes: Express, The New York Times, BBC, FP
